Popayán, aeronauta en 1843

Popayán, 12 junio 1843

Primera ascensión en Globo en Colombia.
La primera demostración pública de la que se tiene registro en Colombia, en la que una persona se elevara en una máquina más liviana que el aire, se realizó en Popayán, el 12 de Junio de 1843.
 
El historiador J.J. Medina narra que un ciudadano argentino, José María Flores, dedicado a estudios de aeronáutica que por entonces eran una novedad, quiso hacer el intento de aeronavegar sobre el suelo de su patria, la Argentina, no habiendo recibido para ello estímulo alguno. “Establecido en Colombia y finalmente en Popayán, explicó sus planes al Rector del Seminario, quien lo alentó en su propósito.
Así, el 12 de junio de 1843, un globo fabricado por él mismo, del que pendía una canastilla, fue ubicado en el patio del Real Colegio y Seminario. Se prendió una fogata para insuflarle aire caliente con el propósito de procurar su ascenso.
Don José María, al subirse, recibió los Santos Sacramentos y ante la expectativa general se soltaron las amarras. Suave, lenta pero seguramente la aeronave fue ganando altura.
Ante la angustia y sorpresa de los presentes, alcanzó a ascender 400 metros y luego se desplazó hacia el sur de la ciudad, yendo a descender indemne y levemente al sitio denominado El Ejido. Así ocurrió este suceso casi desconocido de nuestra historia por los aires de Colombia.
El 27 de septiembre de 1843 se presentó en Bogotá elevándose en su globo desde el patio central del Colegio Nuestra Señora del Rosario, experiencia que volvió a repetir en Medellín y posteriormente en Tunja.
 

El accidentado vuelo de José María Flores en Bogotá.

El 27 de septiembre de 1843 los bogotanos vivieron una emoción sin precedentes cuando vieron traducido a la realidad el mito de Icaro sin consecuencias trágicas: fue la primera vez que vieron a un hombre volando, el primer día que un objeto más pesado que el aire se remontó por los altos aires sabaneros ante el asombro y el estupor de las gentes.
El protagonista de este espectáculo inusitado era un argentino, algo aeronauta y mucho aventurero, que exigió primero una suscripción de $ 1.000 como condición previa para brindar a nuestros antepasados la emoción indescriptible de verlo subir hacia las nubes a bordo de un aeróstato. Rápidamente reunieron los bogotanos la suma exigida por José María Flores (ese era el nombre del argentino) y aguardaron el trascendental acontecimiento. Flores había fabricado su propio globo en Bogotá y en la fecha ya anotada arrancó del claustro del Rosario hacia las alturas. En este punto cedo la palabra a dos periódicos, El Día y el Constitucional de Cundinamarca, para transcribir todas las vicisitudes y peripecias del primer vuelo que presenciaron los santafereños:

 

“A las nueve y media de la mañana hizo su viaje aéreo el Sr. José María Flórez en un globo de lienzo, de 25 varas de alto y 15 de ancho; elevóse como 650 varas castellanas … sin paracaídas, sin la red que asegura la barquilla, sin gas … apareció sobre las más altas torres de la capital en un globo inflado con humo, suspendido él mismo en una débil barquilla atada con soga bajo el fuego de las canastilla … Una barquilla de media vara de alto, y sostenida por cuatro cuerdas, era todo el apoyo que llevaba; en la mayor altura a que subió vióse en grande peligro … cuando de repente desprendiéndose una de las banderas principió a salir humo, se inclinó la barquilla y aparecieron las llamas sobre ella, dando muestras de un accidente desgraciado, aterrador e inevitable que iba a causar la muerte desastrosa de Flórez, el que en el mismo instante vimos lanzarse de una altura inmensa por una cuerda que casi no se divisaba, apareciendo este hombre suspendido en el espacio sólo por la fuerza sorprendente de sus brazos … y todo esto se verificaba en el momento en que el globo descendía rápidamente sobre la tierra, llenándonos de pavor y de compasión por el infeliz cuya vida creímos terminada trágicamente. Pero la Providencia quiso que no fuese así, y Flórez descendió sin novedad sobre un tejado en la manzana de San Juan de Dios …” A los pocos días el aventurero repitió su espectáculo, con mejor suerte esta vez.
 

“El Constitucional de Cundinamarca”

Bogotá, Domingo 1º de octubre de 1843 (Num. 106)

FUNCION AEREOSTATICA.

El 27 del mes de Setiembre, próximo pasado han gozado los habitantes de esta Capital de un espectáculo jamás visto aquí i que ha dejado profundos impresiones en todos los que lo contemplaron de cerca.
El Sr. Florez, sin paracaídas, sin la red que asegura la barquilla, sin gas, sin ninguna de las precauciones que se toman en Europa para disminuir los muchos peligros del que se atreve á elevarse a la mansion de los aires, confiado solo en su entusiasmo i valor, apareció sobre las más altas torres de la Capital en un globo inflado con humo, suspendido él misma en una débil barquilla atada con soga bajo e fuego de la canastilla.
Al partir el globo con aterradora rapidez, ni sentimos placer, ni temor, ni entusiasmo, ni sentimiento indefinible apoderándose de todos los ánimos del mismo modo, i el hombre que en aquel momento casi se perdía de vista era el objeto del mas vivo interés i de los votos de todos.
Detenido por un momento en lo mas alto de su vuelo audaz, nos fué dado respirar por un instante, i contemplando estábamos los infinitos peligros á que se hallaba expuesto, cuando de repente, desprendiéndose una de las banderas principio a salir el humo, se inclinó la barquilla i aparecieron las llamas sobre ella, dando muestras de un accidente desgraciado, aterrador e inevitable que iba á causar la muerte desastrosa de Florez, el que en el mismo instante vimos lanzarse de una altura inmensa por una cuenta que casi no se divisaba, apareciendo este hombro suspendido en el espacio solo por la fuerza sorprendente de sus brazos, la firmeza de su cabeza i una presencia de ánimo difícil de comprender; i todo esto se verificaba en el momento en que el globo descendía rápidamente sobre la tierra, llenándonos de pavor i compasión por el infeliz cuya vida creímos terminada trájicamente.
Pero la Providencia quiso que no fuese asi, i Florez descendió sin novedad sobre un tejado en la manzana de San Juan de Dios, descargándose entonces nuestro corazón del peso que lo abrumaba, desde que el globo se lanzó en los aires con la rapidez de una flecha.
Deseamos gozar segunda vez de tan imponente espectáculo; pero lo tememos por el interes que nos inspira Florez. Mas si asi ha de verificarse estimulamos á nuestros compatriotas a ser jenerosos i formar una suscripción, que por mucho que ascienda jamas podrá recompensar tanto valor, tantos peligros i tan magnifico espectáculo, i suplicamos al aeronauta, aumente las precauciones disminuyendo el peligro para podamos gozar sin terror.
 

Reminiscencias de Santafé y Bogotá

José María Cordovez Moure

 

Siguiendo la costumbre de los pirotécnicos que dejan el trueno grandepara lo último, daremos cuenta de la atrevida y temeraria ascensión aerostáticallevada a cabo por el argentino José Antonio Flórez en el año de 1845.Reunidos los mil pesos exigidos por el aeronauta, preparó su obra en eledificio del colegio de Nuestra Señora del Rosario; dio entrada en los corredoresaltos a los contribuyentes, y en el patio y corredores bajos, a los que pagaban unreal.El globo era hecho de fajas blancas y rojas de bogotana; la boca la formaba un aro de hierro de dieciséis metros de circunferencia y se inflamaba por medio de humo caliente, producido por la combustión de leña y tamo.
Para mantener el calor e impulsar la subida se le ponía, suspendida del aro, con cadenas, una canastilla de planchas de hierro, llena de trementina, brea y sebo con mechas.Del aro pendía también la estrecha barquilla de cañas, suspendida con cuerdas y adornada de dos banderas tricolores enastadas. El globo inflamado se alcanzaba a ver desde la calle, y apenas eran suficientes veinte hombres para sujetarlo.
Terminados los preparativos se presentó Flórez con pañuelo blanco en la mano, vestido con sombrero de pelo gris, levita de color azul turquí, abrochada,pantalones color de perla y borceguíes de charol. Se introdujo en la barquilla, se asió con la mano izquierda a una de las cuerdas, y con voz firme dijo:«¡Suelten!»
El monstruo partió como un cohete, derribando de paso el alar del tejado,en en el ángulo noroeste del edificio, y descalabrando a aquellos cuya mala estrella había colocado al pie del siniestro. La muchedumbre que ocupaba la parte baja del edificio se precipitó sobre la puerta para salir a la calle; pero como sólo estaba abierto el postigo, se formó allí aglomeración de personas de ambos sexos, que se estrujaron sin misericordia, a fin de conseguir, a lo menos, salir de ese dédalo en que se habían metido; hubo gente que se quedó en cueros, y los más perdieron los sombreros, la capa, la mantilla o alguna otra prenda del vestido.
Los orejones de la sabana, que habían venido a ver la ascensión, recorrían las calles a escape, atropellando a todo el mundo para seguir la ruta caprichosa que tomaba el globo; los de a pie corrían en distintas direcciones, y hasta los balcones y tejados de las casas estaban atestados de curiosos. Si en ese momento hubiera llegado a la ciudad algún viajero científico, habría escrito en sus apuntes: «Santafé es un manicomio de América.»
Entre tanto, el globo recorría majestuoso los ámbitos del cielo, enseñando sus entrañas de fuego, cuyas llamas lamían la tela de donde pendía la vida de un hombre: Flórez, en pie, saludaba con su pañuelo blanco a la ciudad, que en esos supremos instantes tenía fijas en él todas las miradas.
Al salir, el globo se dirigió hacía la plazuela de San Francisco; pero en breves instantes, y siempre elevándose, tomó la ruta del Boquerón, entre Monserrate y Guadalupe; en esa posición permaneció estacionario por algún tiempo, y ése fue el momento de mayor angustia para la multitud.
A la altura a que se hallaba el globo, apenas se distinguía al aeronauta. Éste arrojó una de las banderas y todos creyeron que era él que se había desprendido.
La impresión de curiosidad y asombro que dominaba a los espectadores se cambió por el horror y lástima; todas las mujeres lloraban y gritaban; de los campanarios, repletos de sacerdotes y religiosos, se enviaban absoluciones a voz en cuello, y no faltaba quien le echara la culpa de la muerte de ese hombre a la autoridad, que había permitido semejante acto de temeridad.
El globo empezó a descender, y entonces pudo verse al atrevido argentino que desprendía un lado de la barquilla y se descolgaba por una cuerda amarrada a la misma, a fin de tocar tierra antes que el globo, el cual se dirigió a las torres de la Catedral, chorreando lamparones encendidos, de los que no podía defenderse el navegante, y al fin cayó sobre el edificio del hospital de San Juan de Dios, en la parte situada en la calle do San Miguel.
Flórez alcanzó a retirarse antes que le cayera encima esa mole de hierro y fuego; pero al chocar la canastilla con el tejado, se derramó el líquido encendido que contenía y corrió por las canales en forma de lava, que, al caer, quemó a los muchos curiosos que estaban en la calle, y puso al mismo tiempo en gran peligro el hospital.
La llegada de tan extraños huéspedes produjo en aquella casa de beneficencia el más atroz pánico, porque se esparció la voz de que el edificio ardía por los cuatro costados; los enfermos, en camisa, corrían de una parte a otra pidiendo misericordia, pues ya se daban por muertos; y en aquella Torre deBabel, el único que tuvo juicio fue el padre hospitalario fray Mariano Vargas, a quien, por ser loco, no le cobijó la ley que suprimió los conventos menores. Se paseaba tranquilamente por los claustros, frotándose las manos y diciendo a los que se le arrimaban: «¡Carnestolendas! ¡Carnestolendas!»
Las consecuencias de esa diversioncita fueron para Santafé de más significación que la entrada de Los guascas en Bogotá; pero como todo está compensado, los estragos que especialmente afectaron a la gente de faldas,tuvieron su contra-fómeque en el aumento prematuro de la población.
Poco tiempo después hizo aquel gaucho otra ascensión en la plazuela de San Vitorino, en las mismas condiciones que la primera, y fue a caer en la quinta de La Floresta, abajo de la antigua Alameda, de donde los orejones lo trajeron a caballo en triunfo hasta la ciudad.

Pero tanto va el cántaro al agua hasta que por fin se rompe: aquel temerario terminó sus aventuras, en un descenso que hizo en Guatemala, en menos tiempo del que quisiera. Como tenía que suceder algún día, se le incendió el globo a quinientos metros de altura, y cayó el desgraciado sobre unas rocas, de donde lo recogieron con garlancha, para poderlo echar a la sepultura.
>En el año de 1850 apareció un venezolano de apellido Parpacén y ofreció ascender en globo alimentado por fuego, mediante el pago de 1.000 pesos. Se reunió el dinero y el globo se infló en el sitio que hoy ocupa el anfiteatro anatómico en el hospital; pero al tiempo de subir le dio canillera al aeronauta, quien, pretextando una necesidad, puso pies en polvorosa y no paró hasta que llegó a Honda, en donde se echó río abajo en el primer champán que encontró. Hasta hoy lo esperan los espectadores, chasqueados, como los judíos al Mesías.

 

Breve Biografía de este famoso aeronauta.

El aeronauta, nacido en 1810 en la provincia de Córdoba, Argentina, se había dedicado a estudios de aeronáutica que por aquel entonces eran toda una novedad y quiso hacer el intento de aeronavegar sobre el suelo de su patria gaucha, pero no logro recibir ningún estímulo de su gente.
José María Flores intento entonces una serie de vuelos en los países suramericanos de la costa del Pacifico. Realizó el primer vuelo en globo en el Perú, en la Plaza de Acho en Lima (fundada en 1766 es la plaza de toros más antigua de América), el 24 de septiembre de 1840. Después, en 1841, se elevaría sobre la Alameda en Santiago de Chile y descendería saltando en paracaídas.
En 1842 realizó otra ascensión desde el patio del convento San Agustín en Quito, Ecuador y posteriormente se establecería en Colombia, en la ciudad de Popayán. Fue el 12 de junio de 1843, a las 7:30 a.m., se elevó desde el patio del Seminario Menor, que en ese momento quedaba en lo que es hoy el Real Colegio San Francisco de Asís.
El 27 de septiembre de 1843 se presentó en Bogotá y posteriormente lo haría de nuevos en las ciudades de Medellín, Tunja y Barranquilla.
El 18 de febrero de 1845 se presentó en la ciudad Mejicana de Mérida capital del Estado de Yucatán.
Por todas estas ascensiones, a José María Flores se lo puede definir sin lugar a dudas, como el primer aeronauta conocido en Suramérica. Sus ascensos aerostaticos infortunadamente, no se prolongaron por mucho tiempo.
En 1848 llega José María Flores junto con su esposa e hija a Guatemala con su globo dentro de en baúl. El 30 de enero de 1848 se convertiría en el primer aeronauta en elevarse en Globo en dicho país, presentación que terminaría en su trágica muerte al incendiarse el Globo en pleno espectáculo.

 

Relato del fatal accidente de José María Flores en Guatemala

La noche del cometa
por María Elena Schlesinge
El primer aeronauta

 

La noticia se dio a conocer en Guatemala, a principios del mes de enero de 1848, en nota periodística del Diario de Centro América. “Con mucho entusiasmo se anuncia” decía, “que próximamente arribará a la ciudad capital, el famoso aeronauta, el señor don José María Flores, quien con la intrepidez del caso, volará por los aires patrios en un enorme globo”. “El señor Flores” apuntaba aquel diario, “llegará muy pronto a nuestra patria, trayendo consigo, dentro de un enorme baúl forrado de piel, el globo con el que realizará su proeza”.
El vespertino advertía que la ascensión del aeronauta Flores sería un espectáculo único en su género, nunca antes presenciado en Guatemala, por lo que se invitaba al público en general a asistir el 30 de enero a la Plaza de Toros.
La noticia corrió de boca en boca por todo lo largo y ancho de la ciudad, por los potreros y pastizales del antiguo pueblo de La Ermita hasta el Guarda Viejo; de la Villa de Guadalupe hasta Jocotenango. Se comentaba el arribo a Guatemala del valiente personaje que surcaría los cielos en su inmenso globo de tela. Se preguntaban de qué tamaño sería y cómo lograba transportarlo, doblándolo perfectamente para que cupiera sin problema dentro de aquel baúl afelpado y especial. Pero ante todo, se preguntaban los vecinos de la pequeña ciudad de Guatemala, como haría el aeronauta para esquivar a los zanates, a los zopes y a las golondrinas en su vuelo por los cielos azules.
El viajero del espacio no se dejó ver sino hasta el día señalado. Esa mañana, un convite acompañado por la banda marcial anunció que en la tarde se elevaría por los aires, en su flamante globo, el audaz don José María Flores, hazaña única en su tipo; que había asombrado a ciudades tan importantes como París, Buenos Aires y San Miguel en el vecino país de El Salvador.
La gente comenzó a llenar la Plaza de Toros desde las primeras horas de la tarde, y los que no tuvieron para pagar la entrada se amontonaron en unos cerritos cercanos a la iglesia del Calvario, conocido con el nombre del “El Cielito”. Otros, los que prefirieron la comodidad de sus casas, subieron a sus tejados y se colocaron en donde por las tardes toman el sol los zanates.
A las cuatro en punto llegó el presidente de la República vestido con su traje de general de mil batallas y saludó a la concurrencia. El General Carrera no se perdía evento, y menos uno tan extraordinario tomo éste por lo que poco a poco, el palco presidencial y sus alrededores se fueron llenando del resto de funcionarios del gobierno, quienes imitando al mandatario cerraran sus despachos temprano para ver la ascensión.
El aeronauta Flores entró a la arena y saludó a su público con una inflexión de cintura. Dio una vuelta por el ruedo con las brazos levantados y las manos extendidas en señal de triunfo, mientras la gente lo ovacionaba. “Suelte, suerte, que tengas mucha suerte”, le gritaban.
En medio del estruendoso aplauso y del griterío, muchos se persignaban una y otra vez como para espantar el maleficio y los malos pensamientos, intuyendo el peligro y el atrevimiento de la hazaña, rogando encarecidamente a Dios que Flores se hubiera confesado en la mañana y que ojalá alguien le hubiera regalado el escapulario bendito de la Virgen del Carmen para que estuviera bien acompañado en su viaje por las alturas chapinas.
Dentro del ruedo, sobre la arena de la plaza, varios indios ayudaron al aeronauta en la preparación del globo. Comprobaron que la nave de tela estuviera lista, bien inflada y sin ningún desperfecto. Que los mecates estuvieran bien amarrados y tensos; que el combustible fuera suficiente, la tea encendida y todo en su justo lugar; en dos palabras, listo para dar inicio al ascenso.
A las cuatro y media de la tarde, el intrépido se colocó una gorra en la cabeza, la abrochó alrededor de la cara y se enfundó los guantes de cuero. Movió los dedos varias veces como para desentumecerlos y saludó una vez más. El público no le apartaba la mirada de encima y los ancianos se persignaron. « El no se encomendó”, comentaron unos. “Mala seña”, añadieron otros.
La banda tocó una fanfarria y la gente se entusiasmó con la fiesta, mientras el globo, alentado por las bocanadas de fuego del soplete, comenzó su ascenso lento por los cielos al tiempo que Flores saludaba con la mano a la concurrencia. Los señores, señoras, niños y niñas siguieron con la mirada la trayectoria del globo y abrieron sus bocotas de hipopótamo ante el prodigio. El cielo estaba despejado y el globo se fue para arriba, nítido, suave, volandito, hasta alcanzar los quinientos metros, cuando se escuchó la voz de alerta entre el público gritando ¡fuego, fuego!
Ante los ojos incrédulos de decenas de personas, las llamas comenzaron a devorar el globo. Primero los lazos que sostenían la canasta. Luego el manteado rojo y blanco y la gran cesta de mimbre en donde iba el aeronauta José María Flores. Todos vieron conmovidos cómo la canasta se desplomaba cortando los aires en una vertiginosa caída libre, hasta hacerse pedacitos en los terrenos baldíos cercanos a la estación del ferrocarril.
La banda dejó de tocar y la gente se aglomeró en las salidas de la Plaza. Todos querían ver en dónde había caído.
José Maria Flores, el primer aeronauta que visitó Guatemala, realizó su última travesía en nuestra patria. El público lo acompañó en su cortejo, cargando flores, enmudecidos por la magnitud de la tragedia, y Carrera ordenó a sus amigos los prelados de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, una misa de tres padres en la Catedral por el sufragio del alma del malogrado héroe. Al aproximarse el cortejo al camposanto del Hospital San Juan de Dios, se escuchó a alguien comentar que qué tragedia lo sucedido, porque qué bonito hubiera sido haberse tomado una foto con el finado, todos con la cara contenta, cerquita de su globo, después de haber realizado triunfante su proeza en los cíelos de la ciudad de Guatemala.

Desgraciada ascensión de un aeronauta.

Memorias de antaño por Antonio Batres Jáuregui

 

EL domingo 30 de Enero de 1848 presenció la capital de Guatemala una desgracia horrible, que hizo tristemente memorable esa luctuosa fecha. El día estaba sereno y lleno de luz. A las once de la mañana recorría alegre las calles, la comitiva de convite, para un espectáculo nunca visto en la América Central. Un numeroso concurso se dirigió en masa hacia el espacioso circo en donde se lidian toros. El anfiteatro estaba lleno, y en el palco principal, lujosamente adornado, se veía al Presidente de la República, Capitán General Rafael Carrera, al vicepresidente y al corregidor, todos acompañados de una comisión municipal, junto con varios oficiales del ejército.
Tocaron las bandas de música y la tropa practicó una vistosa evolución, después de lo que, la compañía piramidal mejicana ejecutó algunas suertes, y antes salieron dos pequeños globos de señal, que se elevaron con presteza y fueron despedidos con toda felicidad. En medio de una salva de aplausos, y al son de entusiastas dianas, aparece en la arena el famoso aeronauta José María Flores, como de cuarenta años, arrogante en su porte y vestido de rigurosa etiqueta, con frac café de botones dorados y chistera blanca de pelo. Venía precedido de justa fama, por sus ascenciones en el Ecuador, Colombia y Méjico.
El público todo le seguía en sus movimientos: unos contaban haberle visto en misa por la mañana en la iglesia del Carmen, y no faltaron otros que supieran que se había confesado. Era en aquellos instantes el héroe de veinte mil espectadores, que ansiosos esperaban verle por los aires. Serían las cinco y media de la tarde: el globo hecho de estrivilla de algodón, de veintidós varas de alto y catorce de diámetro, estuvo pronto inflado.
Por momentos se bamboleaba y luego quería ya elevarse; y entre tanto, Flores lo disponía todo con la mayor confianza y agilidad. Sólo él parecía ajeno al riesgo inminente en que iba á colocarse.
Aprestada la barquilla, montó en ella, y salió sin el menor contratiempo, haciendo saludos á las autoridades y al público, arrojando desde lo alto el sombrero de copa que llevaba, y levantándose con elegancia el pelo de la frente, como en demostración de haber salido triunfante de su empresa. En menos de unos segundos toda aquella alegría se convirtió en pánico. La música suspendió sus armonías, y un grito de dolor y de espanto hendió el aire: á una voz el público expresaba sus ansias y congojas.
El globo subía con gran rapidez; pero ya se dejaba ver una llama, que comenzó á incendiarlo, á la altura como de trescientas varas. Las fatigas del arrojado emprendedor pudieron distinguirse con anteojos, sin que duraran mucho. … A los dos minutos, la barca con la canasta y el aro de fierro de la boca, se desplomaron con vertiginosa rapidez. Del castillo de San José salieron soldados con mantas para salvar al aeronauta al caer, mas todo fué en vano, pues ya venía exánime cuando de pie chocó fuertemente contra el suelo, en el lugar que hoy ocupa la Penitenciaría Central.
Se le recogió en el acto por sus amigos, y custodiado por una escolta, se condujeron sus restos á la iglesia de San Juan de Dios. La pluma no puede describir la angustia y aflicción del pueblo durante la caída ¡qué ansiedad! ¡qué exclamaciones! ¡qué semblantes! En muchos días no se habló de otra cosa en la ciudad consternada. No se recuerda en Guatemala otro suceso que haya impresionado al público por modo tan súbito. En un instante la alegría tornóse en pesadumbre. En breves momentos vióse exánime al héroe, que más de quince veces había descendido de su globo, entre vítores y aclamaciones de la multitud, en las principales ciudades de la América española.

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